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Historias de una modista- Una lección que no sabia que estaba aprendiendo

Un error de cálculo en el 2001 me enseñó que los cuerpos no vienen estandarizados. Leé la historia completa y descubrí por qué hacer moldería es diseñar para las proporciones reales.

Historias de una modista- Una lección que no sabia que estaba aprendiendo

Hoy quiero contarte una historia que, en su momento, no entendí.

Era el año 2001 o 2002 y yo recién empezaba a trabajar como modista. Al la vuelta de mi casa había una escuela y la maestra de tercer grado me convocó para hacer los disfraces para la fiesta de fin de año. Me reuní con ella, armamos el diseño y empezamos a organizar el trabajo. Me acuerdo perfectamente del traje: era de Bandana, el grupo furor de la época.

A partir de ese diseño, hice mis cálculos. Estimé cuánta tela podía necesitar una nena de tercer grado y, en función de eso, calculé cuánto iba a costar cada traje. Preparé el presupuesto y se lo pasé a la maestra.

La maestra les contó a las madres cuál era el traje que iban a hacer, quién lo iba a confeccionar y cuándo tenían que venir a tomar las medidas.


Llegó el día de la toma de medidas, las mamás iban pasando, me dejaban la seña y yo les tomaba las medidas a las nenas, una por una. Hasta ahí, todo iba perfecto. Y esto es importante: yo no estaba haciendo un talle único para todas. Era modista. Tomaba las medidas y hacía cada molde a medida.


Pero cuando empecé a preparar los moldes, apareció algo que no había contemplado cuando hice mi presupuesto: una de las nenas tenía unas medidas muy diferentes a las del resto. Era considerablemente más grande que sus compañeras. Y en ese momento fue solamente una observación. Nada más.


El problema apareció después, cuando llegó el momento de cortar. Para poder cortar el traje de esa nena necesitaba mucha más tela. Tanto que el traje consumía prácticamente el doble que el de las demás. Y la tela que yo había comprado, calculada en función del consumo que había estimado originalmente, ya no alcanzaba para terminar todos los trajes.

Tuve que salir a comprar más. Y ahí fue cuando me frustré. Porque no fue solamente pagar más tela. Fue el tiempo de salir a buscarla, el viaje, los viáticos y, sobre todo, descubrir que ese trabajo que yo había presupuestado de determinada manera ya no me iba a dejar la ganancia que había calculado. De hecho, parte de la ganancia que me dejaban los otros trajes terminó compensando ese costo adicional.


En ese momento lo viví como un golpe a mi economía. Me enojé. Me frustré. Y pensé en el problema que me había generado ese traje. No pensé mal de la nena, pero sí sentí que aquella diferencia había sido un problema para mí. Y durante mucho tiempo, cada vez que recordaba esa historia, la recordaba desde ese lugar: había calculado mal y había perdido plata.


Hasta que, muchos años después, entendí que había otra lección escondida ahí. Mi error no había sido solamente calcular mal la cantidad de tela. Había algo anterior.


Yo había supuesto que, porque todas esas nenas tenían aproximadamente la misma edad, sus cuerpos iban a ser parecidos.


Había tomado una referencia general “una nena de tercer grado” y la había convertido, sin darme cuenta, en una medida. Como si la edad pudiera decirme cuánto iba a medir un cuerpo. Como si todas las nenas fueran a necesitar aproximadamente la misma cantidad de tela. Como si la diferencia fuera una excepción que había que resolver.


Y eso fue lo que más me quedó dando vueltas con el paso de los años. Porque después seguí haciendo ropa. Seguí tomando medidas. Seguí haciendo moldes. Seguí trabajando con cuerpos muy diferentes entre sí. Y poco a poco fui entendiendo algo que aquella experiencia, sin que yo lo supiera, había empezado a enseñarme: los cuerpos no vienen estandarizados.


Podemos tener la misma edad, el mismo talle o incluso algunas medidas iguales y, sin embargo, tener cuerpos completamente diferentes. Una espalda puede ser más ancha. Un torso puede ser más largo. Una cintura puede estar ubicada en un lugar diferente. Una cadera puede tener otra proporción. Y todo eso modifica la manera en que una prenda tiene que ser pensada, construida y, muchas veces, ajustada.


Con los años entendí también que la industria de la indumentaria necesita trabajar con tablas, medidas de referencia y sistemas de talles. Es parte de la manera en que se puede diseñar y producir ropa. Pero una tabla de talles es una herramienta, no es una descripción de todos los cuerpos que existen.


Y ahí empecé a mirar aquella vieja anécdota de otra manera. Lo que en mi caso había sido un error de cálculo y de experiencia, en la industria puede transformarse en una decisión: Hasta dónde llega una tabla. Qué proporciones se contemplan. Cuánta tela se considera razonable utilizar. Cuánto desarrollo adicional vale la pena hacer. Qué cuerpos quedan contemplados y cuáles quedan afuera.


Porque cuando un cuerpo se aleja de la referencia con la que fue pensado un producto, no solamente puede necesitar más tela. Puede necesitar otra moldería. Otros ajustes. Otra prueba. Otro desarrollo.


Y entonces aparece una pregunta mucho más profunda que la que yo me hacía aquella vez: ¿Qué cuerpos estamos considerando cuando diseñamos?


Yo tardé muchos años en hacerme esa pregunta. Y quizás por eso esta historia me acompañó durante tanto tiempo. Porque aquella nena no me enseñó solamente que tenía que calcular mejor el consumo de tela. Me enseñó, aunque yo todavía no lo supiera, que no podía asumir que todos los cuerpos tenían que parecerse.


Esa fue una de las lecciones que mi profesión me fue enseñando con los años. Aprendí a mirar las medidas, pero también aprendí a mirar más allá de ellas. A entender las proporciones. Las diferencias. Las particularidades. Y a no pensar que un cuerpo diferente es un problema que la ropa tiene que solucionar.


Hoy, esa es la base de todo lo que construimos acá en Boutique de Moldes. Cada vez que desarrollo un nuevo diseño y pienso en el comportamiento del volumen sobre el plano, recuerdo a esa nena. Porque hacer moldería no es estandarizar, es crear herramientas precisas para abrazar la realidad. Cuando recuerdo aquel trabajo, ya no pienso en la tela que tuve que salir a comprar. Pienso en todo lo que todavía no sabía, y en que, sin darme cuenta, aquel traje fue una de las primeras lecciones que me enseñaron a mirar los cuerpos de otra manera.


En el artículo anterior de este blog hablamos de la técnica para tomar medidas, pero hoy quería compartirles la filosofía que le da sentido a esa cinta métrica. Tus medidas no son una anomalía que incomoda a una tabla industrial; son el mapa geográfico exacto para crear prendas con sentido.


Seguro que muchas de ustedes tienen historias parecidas lidiando con moldes, telas y expectativas. ¿Alguna vez les pasó algo similar armando una prenda para ustedes o para otra persona? ¿O qué proporción de sus propios cuerpos les hizo creer alguna vez que "no encajaban", hasta que descubrieron que el problema era la tabla y no ustedes?


Me encantaría leerlas en los comentarios. Quiero saber que no fui la única.


Por Yanina Gutiérrez, Fundadora de Boutique de Moldes y diseñadora técnica de indumentaria


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